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					<aff id="aff1"><institution content-type="institute">Instituto Pirenaico de Ecolog&#xed;a</institution>, <institution content-type="council">CSIC</institution>, <addr-line>Zaragoza</addr-line></aff>
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				<source>Glaciares, cultura y patrimonio. La huella cultural de los glaciares pirenaicos</source>
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		<p>Comenzar&#xe9; esta rese&#xf1;a con una breve introducci&#xf3;n personal para que se comprenda mi gran inter&#xe9;s por el contenido de este libro en cuanto tuve noticias de su publicaci&#xf3;n. La mayor parte de los grandes entusiastas de los glaciares (<italic>entusiastas</italic> en el m&#xe1;s amplio sentido de la palabra: desde la est&#xe9;tica de las masas de hielo en alta monta&#xf1;a hasta su valor como objetivos cient&#xed;ficos) se inician en la alta monta&#xf1;a desde muy j&#xf3;venes. No fue mi caso. No tuve experiencia monta&#xf1;era hasta mis estudios de Geograf&#xed;a en la Universidad de Zaragoza y siempre me qued&#xe9; muy lejos de los glaciares. En 1975 publiqu&#xe9; un primer estudio sobre glaciarismo de la Sierra de la Demanda animado por el Prof. Salvador Mensua. Hacia 1976 vi a poca distancia los glaciares de Aneto y Maladeta. En 1981 empec&#xe9; a trabajar desde un punto de vista geomorfol&#xf3;gico en el circo de Marbor&#xe9; y la proximidad de los dos glaciares de Monte Perdido me dej&#xf3; una huella imborrable. Entonces el que hoy se considera glaciar inferior finalizaba en un abrupto escarpe de hielo que tendr&#xed;a unos 40 metros de espesor, y conforme se desplazaba hacia el abismo en que terminaba produc&#xed;a aludes de hielo que me parec&#xed;an impresionantes, acompa&#xf1;ados del ruido t&#xed;pico del movimiento glaciar. Entonces fui consciente de que para un ge&#xf3;grafo nada pod&#xed;a compararse a la contemplaci&#xf3;n y estudio de los glaciares, cualquiera que fuese su dimensi&#xf3;n. Luego tuve otras experiencias en glaciares pirenaicos igualmente impactantes: en primer lugar, porque, aunque la mayor parte de los glaciares visitados son de peque&#xf1;as dimensiones, su contemplaci&#xf3;n es uno de los espect&#xe1;culos m&#xe1;s maravillosos de los que puede disfrutarse en la naturaleza; y en segundo lugar, porque lo que he visto con el paso del tiempo es una decadencia r&#xe1;pida de los glaciares que deja un amargo sabor, la idea de que la p&#xe9;rdida va a ser muy r&#xe1;pida. Muchos glaciares pirenaicos han desaparecido mientras crec&#xed;a mi inter&#xe9;s por ellos, otros hab&#xed;an desaparecido en las d&#xe9;cadas de 1960 y 1970 (por ejemplo, un glaciar situado al suroeste del Cilindro, convertido ya en 1956 en una placa de hielo sin neviza en su superficie).</p>
		<p>He narrado todo lo anterior porque estoy seguro de que el autor de este libro ha tenido sentimientos muy parecidos a los m&#xed;os, pero acrecentados por su mayor experiencia glaciol&#xf3;gica. La m&#xed;a es anecd&#xf3;tica, aunque vivida con intensidad. &#xc9;l, en cambio, es un verdadero glaci&#xf3;logo, cl&#xe1;sico y moderno a la vez, cl&#xe1;sico porque le gusta observar las caracter&#xed;sticas de cada glaciar y su evoluci&#xf3;n, medida en retroceso de su frente, en recorte de sus dimensiones y en rebajamiento de su espesor; y moderno porque le gusta medir el movimiento del hielo, observar los cambios geomorfol&#xf3;gicos que se producen en los frentes deglaciados. Y lo que m&#xe1;s le gusta es comparar las formas y dimensiones de los glaciares en el siglo XIX con los registros de la segunda mitad del siglo XX y la actualidad. Este libro es una s&#xed;ntesis de todo ello, de su pasi&#xf3;n por los glaciares (que ha ampliado a otras monta&#xf1;as del mundo, en los Andes, Groenlandia y la Ant&#xe1;rtida entre otros muchos lugares), por descubrir en trabajos de otros cient&#xed;ficos y observadores que le precedieron los detalles de los glaciares pirenaicos, por cuantificar las p&#xe9;rdidas actuales en las masas de hielo y a la vez por intentar descubrir que algunas de ellas todav&#xed;a se mueven para poder justificar que son verdaderos glaciares.</p>
		<p>El libro se inicia con un pr&#xf3;logo de Eduardo Mart&#xed;nez de Pis&#xf3;n, uno de los grandes hombres de la monta&#xf1;a de las &#xfa;ltimas d&#xe9;cadas, junto con Bruno Messerli y Jack D. Ives. Es alguien que me recuerda mucho a John Muir, un luchador por las causas m&#xe1;s justas de cualquier valle o monta&#xf1;a en Espa&#xf1;a, tanto en su Sierra de Guadarrama como en los Pirineos. Como John Muir, Eduardo vive la belleza de las monta&#xf1;as como un patrimonio que debemos cuidar y proteger frente al crecimiento del urbanismo, generalmente mal planificado y peor dise&#xf1;ado, la construcci&#xf3;n de estaciones de esqu&#xed;, la expansi&#xf3;n irracional de v&#xed;as de comunicaci&#xf3;n que no contribuyen a mejorar el paisaje, su funcionalidad o su aprovechamiento. Lean el pr&#xf3;logo porque es una maravilla, entre la nostalgia y la admiraci&#xf3;n por todo lo que ha visto y disfrutado, tambi&#xe9;n su homenaje a los grandes pirine&#xed;stas que le han precedido desde la segunda mitad del siglo XIX. L&#xe9;anlo como preparaci&#xf3;n al contenido del libro, que es, ya lo adelanto, un compendio casi inenarrable de los conocimientos que ha acumulado Enrique Serrano durante su ya larga y fruct&#xed;fera experiencia cient&#xed;fica.</p>
		<p>He de confesar que me ha parecido un libro sorprendente por la enorme cantidad de informaci&#xf3;n que contiene, expuesta de manera ordenada, lo cual no era nada sencillo y tambi&#xe9;n por la profunda erudici&#xf3;n que nos muestra el autor. Conozco su obra cient&#xed;fica, excelente y voluminosa, pero lo que comprobamos en este libro es algo m&#xe1;s: la exposici&#xf3;n exuberante de una suma de conocimientos que exceden a su trabajo cient&#xed;fico habitual. Comienza el libro con un breve cap&#xed;tulo dedicado a exponer su visi&#xf3;n general acerca de los glaciares y lo que representan a escala planetaria: su importancia paisaj&#xed;stica y emotiva y, c&#xf3;mo no, su trascendencia hidrol&#xf3;gica, especialmente en las monta&#xf1;as semi&#xe1;ridas o rodeadas de tierras bajas con escasas precipitaciones (por ej., el noroeste de China o las &#xe1;reas costeras de Chile y Per&#xfa;, tan dependientes de los caudales procedentes de los glaciares). Una tabla al final del cap&#xed;tulo refleja el valor de los glaciares como patrimonio natural y cultural. Es en este &#xfa;ltimo aspecto en el que el autor se centra a lo largo del libro, sin desde&#xf1;ar algunas referencias ocasionales al movimiento de los hielos pirenaicos o a los dep&#xf3;sitos que han abandonado desde la Peque&#xf1;a Edad del Hielo.</p>
		<p>El cap&#xed;tulo 2 se centra en el estado actual de los glaciares, incluyendo informaci&#xf3;n sobre los macizos pirenaicos que han acogido glaciares durante la Peque&#xf1;a Edad del Hielo, y la superficie que ocupaban en 1984, 2008 y 2016 aquellos glaciares que, de momento, han sobrevivido al incremento de temperatura tras la Peque&#xf1;a Edad del Hielo y a la aceleraci&#xf3;n experimentada desde 1970 aproximadamente. La Tabla 2.3, que incluye esa informaci&#xf3;n, no da oportunidad a la esperanza a todos aquellos que se han emocionado con la observaci&#xf3;n de los glaciares. Es m&#xe1;s, me temo, a partir de los trabajos m&#xe1;s recientes de Ixeia Vidaller y otros autores sobre el conjunto de glaciares pirenaicos y sobre el glaciar del Aneto en particular, que algunos de los glaciares presentes en la tabla han pasado a ser simples heleros sin apenas movimiento y con superficies exiguas. No estoy seguro de que, salvo buena voluntad, los antiguos y espl&#xe9;ndidos glaciares de Tempestades o Barrancs puedan ser incluidos en la lista. Las &#xfa;ltimas fotograf&#xed;as del glaciar del Aneto nos obligan a pasar p&#xe1;gina de lo que un d&#xed;a fue ese glaciar hasta la d&#xe9;cada de 1980, salvo que pensemos obtener alg&#xfa;n beneficio intelectual de la nostalgia. Enrique Serrano describe cada uno de los glaciares, informa sobre la altitud a la que se encuentra la l&#xed;nea de equilibrio glaciar, su evoluci&#xf3;n en cuanto a superficie y espesor del hielo o la presencia de grietas que puedan sugerir cierto movimiento. S&#xf3;lo un detalle sobre este imprescindible cap&#xed;tulo: En la Tabla 2.4 ser&#xed;a necesario corregir el porcentaje de p&#xe9;rdida que han sufrido los glaciares m&#xe1;s representativos porque contiene errores.</p>
		<p>El cap&#xed;tulo 3 presenta el descubrimiento de los hielos pirenaicos por parte de los primeros pirine&#xed;stas (&#xbf;Por qu&#xe9; algunas veces hemos escrito, yo en particular, &#x201c;pirene&#xed;stas&#x201d;? &#xbf;Quiz&#xe1;s por influencia francesa? No lo har&#xe9; m&#xe1;s). Aqu&#xed; el autor parece emocionarse a medida que habla de los primeros aventureros, generalmente nobles o burgueses con tiempo libre y notable ilustraci&#xf3;n, gentes que, a pesar de las distancias y de las dificultades de los medios de comunicaci&#xf3;n o de la ausencia de infraestructuras para acoger a los viajeros se atrevieron a penetrar en el interior de los valles del Pirineo Central, tanto espa&#xf1;ol como franc&#xe9;s. Con medios t&#xe9;cnicos verdaderamente primitivos para acometer una escalada o para atravesar una masa de hielo con fuertes pendientes, esos aventureros pasaron por encima de frentes glaciares a&#xfa;n din&#xe1;micos y abruptos, por grietas de gran profundidad, sortearon las rimayas y alcanzaron cimas que todav&#xed;a hoy ofrecen notable dificultad. Surgen as&#xed; los nombres, entre muchos otros, de Louis Ramond de Carbonni&#xe8;res &#xa1;desde agosto de 1777, nada menos!, Louis Cordier, Jean de Charpentier, Platon Tchihatcheff, A. de Franqueville, H. Cazaux, Henri Russell (uno de los m&#xe1;s destacados, no solo por su esp&#xed;ritu aventurero y sus haza&#xf1;as, tambi&#xe9;n por sus excentricidades), E. Trutal (el primer fot&#xf3;grafo), Lucien Briet y Franz Schrader (el m&#xe1;s destacado cart&#xf3;grafo de los glaciares, un verdadero referente para comparar la extensi&#xf3;n de los glaciares de finales del siglo XIX con las mediciones y cartograf&#xed;as posteriores). Hay muchos m&#xe1;s nombres a lo largo del libro, todos h&#xe9;roes en busca de la sorpresa y la admiraci&#xf3;n, de la imagen imborrable de un glaciar en pleno mes de agosto, cuando los glaciares todav&#xed;a ten&#xed;an una capa de neviza que aseguraba su renovaci&#xf3;n y prolongaci&#xf3;n en el tiempo; el descubrimiento de las grietas, la notable cascada de seracs que fotografi&#xf3; Lucien Briet en el Monte Perdido en la foto tomada de frente en el circo de Marbor&#xe9; (p&#xe1;gina 212) y la captada oblicuamente desde uno de los escarpes que se precipitan hacia el valle de Pineta (p&#xe1;gina 285), para el autor las dos mejores im&#xe1;genes que reflejan la grandiosidad de algunos de los glaciares pirenaicos, por su calidad y por su significado. Esa cascada de seracs es grandiosa por su belleza, por su dinamismo y porque refleja lo que fue el glaciar de Monte Perdido. Y tambi&#xe9;n porque sugiere lo que fue en un momento no muy anterior, durante la m&#xe1;xima expansi&#xf3;n del glaciar, probablemente a finales del siglo XVII o comienzos del XVIII. En la foto que est&#xe1; tomada de frente, Lucien Briet est&#xe1; sobre la gran morrena al pie de la gran pared septentrional de Monte Perdido, reflejando la extensi&#xf3;n y gran espesor que debi&#xf3; alcanzar el glaciar siglo y medio o dos siglos antes.</p>
		<p>Pero no nos desviemos. En el cap&#xed;tulo 4 Enrique Serrano pasa a analizar los progresos cartogr&#xe1;ficos de los glaciares pirenaicos, con apartado especial para Franz Schrader. Hay mapas para todos los gustos y t&#xe9;cnicas de representaci&#xf3;n, aunque debemos de reconocer que pocos de ellos pueden considerarse acertados, excepto los de Schrader, ge&#xf3;grafo y top&#xf3;grafo. Este autor dio por primera vez forma a los glaciares, aunque probablemente fall&#xf3; en la precisi&#xf3;n de algunos l&#xed;mites. A finales del siglo XIX todav&#xed;a los glaciares estaban cubiertos de nieve buena parte del verano y no deb&#xed;a ser f&#xe1;cil distinguirla de la extensi&#xf3;n ocupada por el hielo. Pero es un error menor. La cartograf&#xed;a mejor&#xf3; notablemente desde comienzos del siglo XX, siempre del lado franc&#xe9;s (por ejemplo, el excelente mapa de los glaciares orientales del Pic Long en 1906, o el muy detallado mapa del glaciar de Ossoue de 1929). Cost&#xf3; mucho llegar a mayores precisiones, como el mapa de 1945 sobre los Montes Malditos.</p>
		<p>En el cap&#xed;tulo 5 se nos muestra el inicio de los estudios glaciol&#xf3;gicos, inicialmente de manera precient&#xed;fica, a imitaci&#xf3;n de lo que se hab&#xed;a empezado a hacer en los Alpes unas d&#xe9;cadas antes. Es este un cap&#xed;tulo que no habr&#xe1; resultado f&#xe1;cil para el autor, por la dispersi&#xf3;n de las fuentes de informaci&#xf3;n y por la pobreza de los resultados obtenidos en los primeros momentos. Tambi&#xe9;n le habr&#xe1; resultado un tanto decepcionante, dada la ausencia de aproximaciones cient&#xed;ficas del lado espa&#xf1;ol hasta mediados del siglo XX, destacando los trabajos de Francisco Hern&#xe1;ndez Pacheco, Carlos Vidal Box, Joaqu&#xed;n G&#xf3;mez de Llarena, Luis Garc&#xed;a S&#xe1;inz, y Noel Llopis, y, desde la d&#xe9;cada de 1970, Eduardo Mart&#xed;nez de Pis&#xf3;n abriendo camino a muchos otros, mientras la contribuci&#xf3;n francesa cuenta con las aportaciones de Roger Pland&#xe9; y Pierre Barr&#xe8;re. Es entonces cuando comienzan las primeras mediciones plenamente cient&#xed;ficas de la superficie de los glaciares y de su retroceso, tomando como referencia los mapas de Schrader o la posici&#xf3;n de las morrenas frontales durante la Peque&#xf1;a Edad del Hielo.</p>
		<p>El cap&#xed;tulo 6 est&#xe1; dedicado a la representaci&#xf3;n art&#xed;stica de los glaciares. Varios pirine&#xed;stas eran dibujantes y pintores que encontraron en los glaciares una motivaci&#xf3;n art&#xed;stica. Algunos preceden en su actividad a las primeras fotograf&#xed;as y otros son un complemento de estas &#xfa;ltimas desde la segunda mitad del siglo XIX. Enrique Serrano presenta en este cap&#xed;tulo algunos ejemplos de pinturas y grabados que son llamativamente buenos. Destacan, por ejemplo, el fondo del valle de Estaub&#xe9; con la cumbre de Monte Perdido al fondo (1801), de Louis Ramond de Carbonni&#xe8;res, el glaciar de Oulettes de Gaube (1820), macizo de Vignemale, de N. Chapuy, el glaciar de la Maladeta desde el puerto de Benasque (1833), de Violet-Le-Duc o los m&#xe1;s recientes de Franz Schrader. Todos ellos fueron capaces de recoger, con suficiente perspectiva, la grandiosidad de los paisajes pirenaicos y la mezcla de bosque, rocas, nieve y hielo. Llama tambi&#xe9;n la atenci&#xf3;n un cuadro de Carlos Vidal Box del glaciar de Monte Perdido realizado en 1945 desde el pico o el collado de Marbor&#xe9;. Y aunque el autor del libro alude tambi&#xe9;n a la gran contribuci&#xf3;n de Eduardo Mart&#xed;nez de Pis&#xf3;n, quiero a&#xf1;adir la que, al menos por lo que yo conozco, es la mayor contribuci&#xf3;n de Eduardo al dibujo de los Pirineos: <italic>El Valle de Tena, un paisaje modelado por el hielo,</italic> publicado por el Gobierno de Arag&#xf3;n en 1996. Un libro de valor incalculable.</p>
		<p>La importancia de la fotograf&#xed;a como testimonio de lo que fueron los glaciares pirenaicos en el &#xfa;ltimo siglo y medio se pone de manifiesto en el cap&#xed;tulo 7. Llama la atenci&#xf3;n la primera fotograf&#xed;a conocida, realizada por J. Vigier en 1853 desde el puerto de Benasque. En ella se nos presenta el glaciar de la Maladeta en todo su esplendor, aunque la presencia de mucha nieve no permite distinguir bien los l&#xed;mites del hielo. No estar&#xed;an muy lejos de lo que conocemos como morrenas de la Peque&#xf1;a Edad del Hielo. Es mejor otra fotograf&#xed;a del mismo glaciar tomada por A. Civiale en 1857 tambi&#xe9;n desde el puerto de Benasque. Ah&#xed; se ve el magn&#xed;fico glaciar de la Maladeta, en el que puede distinguirse la l&#xed;nea de equilibrio glaciar y la parte inferior con el hielo al descubierto. Un espect&#xe1;culo y a la vez un referente para los cient&#xed;ficos posteriores. Ya hemos citado m&#xe1;s arriba las fotograf&#xed;as de Lucien Briet, que son un testimonio impresionante de lo que fue el glaciar de Monte Perdido. Pero Lucien Briet pase&#xf3; por muchos otros lugares del Pirineo Central y los fotografi&#xf3; como &#xe9;l sol&#xed;a hacerlo, arriesgando para tomar la mejor imagen posible y as&#xed; captar los matices del hielo, los detalles tan valiosos. Otros fot&#xf3;grafos han contribuido a que se pueda seguir paso a paso la evoluci&#xf3;n de los glaciares, especialmente la de los m&#xe1;s extensos (Monte Perdido, Maladeta, Aneto y Vignemale), en particular la cascada de seracs de la cara norte de Monte Perdido. Y resulta espectacular la fotograf&#xed;a de la gran grieta longitudinal del glaciar de Ossoue, tomada por M. Mays en 1898.</p>
		<p>El libro todav&#xed;a contiene m&#xe1;s sorpresas, como es el cap&#xed;tulo 8 dedicado a cuestiones ling&#xfc;&#xed;sticas y topon&#xed;micas: los nombres relacionados con el hielo en aragon&#xe9;s y el posible origen etimol&#xf3;gico de los nombres de los glaciares pirenaicos. Es un cap&#xed;tulo cuando menos curioso y con mucho inter&#xe9;s, que confirma la erudici&#xf3;n de Enrique Serrano. Se atreve con una especialidad tan resbaladiza como la etimolog&#xed;a y sale bien parado al analizar los nombres de los glaciares en cada uno de los macizos. Resulta curiosa la variedad de nombres que reciben los glaciares en espa&#xf1;ol, aragon&#xe9;s (chelegar, zerrella, crepaza), gasc&#xf3;n (couny&#xe9;sto) y occitano (seil). Tambi&#xe9;n es interesante (Cuadro 8.2) que la etimolog&#xed;a de los glaciares pirenaicos relaciona sus nombres con algunas de sus caracter&#xed;sticas en patu&#xe9;s, aragon&#xe9;s o gasc&#xf3;n.</p>
		<p>El &#xfa;ltimo cap&#xed;tulo est&#xe1; dedicado a la patrimonializaci&#xf3;n de los glaciares pirenaicos y su conversi&#xf3;n en Monumentos naturales desde 2007 en el caso de los glaciares espa&#xf1;oles, todo ellos en Arag&#xf3;n, mientras que los franceses se encuentran protegidos por la ley de creaci&#xf3;n del Parc National des Pyr&#xe9;n&#xe9;es en 1967.</p>
		<p>Los pirine&#xed;stas y los glaciaristas encontrar&#xe1;n en este libro mucha informaci&#xf3;n para aprender sobre la evoluci&#xf3;n de los glaciares pirenaicos y sobre sus aspectos culturales; un libro que refleja la gran historia que hay tras el descubrimiento, conquista y medici&#xf3;n de esos glaciares, que solo ha sido posible por el empe&#xf1;o, b&#xfa;squeda de referencias, acumulaci&#xf3;n de informaci&#xf3;n y reflexi&#xf3;n que Enrique Serrano ha sido capaz de hacer. Su elaboraci&#xf3;n no ha debido ser f&#xe1;cil; ha sido necesario mucho tiempo; tambi&#xe9;n mucha admiraci&#xf3;n hacia los paisajes del hielo, hacia la morfolog&#xed;a de los glaciares y hacia la cultura que, en forma de fotograf&#xed;as, pinturas, grabados, mapas y escritos, nos han legado quienes mucho antes que nosotros quedaron deslumbrados por la neviza, el hielo, las grietas y los grandes escarpes. Un libro dise&#xf1;ado y elaborado de la manera m&#xe1;s altruista posible, un libro imprescindible.</p>
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